Nuestra señora de Aparecida

¡Ruega por nosotros santa madre de Dios!

LA historia cuenta que en el año 1717, El gobernador de Sao Paulo y Minas Gerais, don Pedro de Almeida y Portugal, Conde de Assumar, pasó por la villa de Guaratinguetá camino a villa Rica. Por tal motivo, los pobladores del lugar, queriendo agasajar al invitado, solicitaron a tres pescadores, Domingos Garcia, Filipe Pedroso e João Alves, una provisión de peces.

Estos hombres se encontraban en el río Paraiba, arrojando sus redes en el agua, cuando de repente al levantar una de ellas, encontraron una figura rota de terracota de la Virgen de la Concepción, de tan solo 36 cm. Primero hallaron el cuerpo y al arrojar otra vez la red lograron ubicar la cabeza. Luego del suceso, la pesca, que hasta ese momento había sido escasa, fue tan abundante, que tuvieron que volver a la costa por el peso que tenían sus pequeñas embarcaciones.

Uno de los pescadores llevó la imagen a su casa y le realizó un pequeño altar, unos años después crearon un oratorio, lugar que era visitado por todos los lugareños.
Uno de los pescadores llevó la imagen a su casa y le realizó un pequeño altar, unos años después crearon un oratorio, lugar que era visitado por todos los lugareños.
El pueblo de Nuestra Señora Aparecida se encuentra a unos cuantos kilómetros de Guaratinguetá, villa del Estado de Sao Paulo.

Se ignora completamente como es que la imagen fue a parar al río, pero si se conoce su autor, un monje de Sao Paulo, llamado Frei Agostino de Jesús quien la moldeo en el año 1650.
La Virgen es de color moreno y esta vestida con un manto grueso bordado, sus manos se ubican en el pecho en posición de oración, fue coronada solemnemente en 1904, por don José de Camargo Barros, obispo de Sao Paulo.
El 16 de julio de 1930, Pío XI la declaró a Nuestra Señora Aparecida patrona de Brasil. El día 4 de julio de 1980, el Papa Juan Pablo II visito el santuario y le dio el título de Basílica.

Nuestra Señora de Aparecida llega a Radio Motiva, luego de la jornada mundial de la juventud en Rio de Janeiro, Brasil. Luego que a nuestro reportero Adonai Mesa se la odsequiaran y desde ese día hasta hoy nos acompaña como patrona de nuestra casa radial.

Leer artículo (Diario ADN)

En este momento tan solemne, tan excepcional, quiero abrir ante Vos, oh Madre, el corazón de este pueblo, en medio del cual quisisteis morar de un modo tan especial —como en medio de otras naciones y pueblos— así como en medio de aquella nación de 1a que yo soy hijo. Deseo abrir ante Vos el corazón de la Iglesia y el corazón del mundo al que esa Iglesia fue enviada por vuestro Hijo. Deseo abriros también mi corazón.

¡Nuestra Señora Aparecida! ¡Mujer revelada por Dios, que habríais de aplastar la cabeza de la serpiente (cf. Gén 3, 15) en vuestra Concepción Inmaculada! ¡Elegida desde toda la eternidad para ser Madre del Verbo Eterno, el cual, por la Anunciación del ángel, fue concebido en vuestro seno virginal como Hijo del hombre y verdadero hombre!

¡Unida más estrechamente al misterio de la Redención del hombre y del mundo al pie de la cruz, en el calvario!

¡Dada como Madre a todos los hombres, sobre el calvario, en la persona de Juan, Apóstol y Evangelista!

¡Dada como Madre a toda la Iglesia, desde la comunidad que se preparaba a la venida del Espíritu Santo, la comunidad de todos los que peregrinan sobre la tierra, en el transcurso de la historia de los pueblos y naciones, de los países y continentes, de las épocas y de las generaciones!…

¡María! ¡Yo os saludo y os digo “Ave” en este santuario donde la Iglesia de Brasil os ama, os venera y os invoca como Aparecida, como revelada y dada particularmente a él! ¡Como su Madre y su Patrona! ¡Como Medianera y Abogada junto al Hijo de quienes sois Madre! ¡Como modelo de todas las almas poseedoras de la verdadera sabiduría y, al mismo tiempo, de la sencillez del niño y de esa entrañable confianza que supera toda debilidad y sufrimiento!

¡No dejéis, oh Virgen Aparecida, por vuestra misma presencia, de manifestar en esta tierra que el amor es más fuerte que la muerte, más poderoso que el pecado!

No dejéis de mostrarnos a Dios, que amó tanto al mundo hasta el punto de entregarle su Hijo Unigénito, para que ninguno de nosotros perezca, sino que tenga la vida eterna (cf. Jn 3, 16). Amén.

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