No hay un cambio mejor que ser como Cristo


Pronto comienza un nuevo año y muchos nos propondremos alcanzar nuevos propósitos, retos, metas. Deseamos conseguir cambios. Unos desean cambios de imagen (estar más delgado, un cuerpo más musculoso o más saludable), otros desean que sus hijos se porten mejor, tener un mejor trabajo, acrecentar la autoestima, vencer la timidez, no dejarse llevar por las emociones.

“Estos cambios pueden estar bien, otros no tanto, pero hay un problema en todos ellos, que no son lo suficientemente ambiciosos” (cita de Tim Chester). Dios te quiere ofrecer mucho más. En Romanos 8:28-29 nos habla del interés de Dios por hacernos  a la imagen de Su Hijo.

¿Crees que hay algún cambio mejor que ser cada día más como Jesús? Jesús fue el ser humano más feliz y más vivo que existió en este mundo caído. Mostró siempre un gozo completo que procedía de su relación personal, constante y apasionadamente deleitosa con el Padre. Fue el ser más libre. Nunca albergó en su corazón falta de perdón y resentimiento que tanto destruyen el alma, aún en la Cruz del Calvario, dijo: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Cristo, fue el mejor amante, cuidado de los más vulnerables, socorriendo al caído, dando vista al ciego, libertando al cautivo, sanando a los quebrantados de corazón, denunciando a los hipócritas, guiando a los  suyos  hacia el Padre, y sobre todo, entregando hasta la última gota de su sangre por hombres pecadores. Jesús fue admirable en humildad, sirviendo a los demás, siendo el primero se hizo el último, mostrando así el camino a la verdadera grandeza. Jesús fue el ser más disciplinado sobre la tierra, nunca cedió a los deseos de los ojos, deseos de la carne y a la vangloria de la vida. Jesús es la verdadera imagen de Dios y mostró el amor, la bondad, la pureza, la justicia, el esplendor, el poder, la sabiduría y la majestad de Dios.

No hay ningún verdadero cristiano que no desee crecer en la gracia, crecer en santidad, cultivar un carácter piadoso, en fin, ser cada día más como Cristo. Y lo cierto, es que hay buenas noticias: Dios quiere hacernos como su Hijo, desea recrearnos a la imagen de Él. Sí, fuimos hechos a imagen de Dios, pero esa imagen se estropeó debido al pecado, y fuimos destituidos de la gloria de Dios. Pero Jesús no es sólo nuestro ejemplo, sino también nuestro Redentor. Y gracias a su muerte y resurrección, Dios nos da una nueva naturaleza, con nuevos deseos de cambiar según la imagen de Jesús. El problema es, que debido a la permanencia temporal de esta naturaleza caída en nosotros, nuestros deseos de gloria, honra e inmortalidad se complacen, a menudo,  con deseos de cambios terrenales, vanos y  débiles. Y es por eso que, nuestra alma siempre está gimiendo dentro de nosotros pidiendo cambios, cambios y más cambios. Sin embargo, ninguno de estos cambios satisfacen completamente. La realidad es que, nuestra alma no prioriza perder kilos de más, tener unos milímetros más de bíceps, ni tener una familia perfecta, sino que está clamando dentro de nosotros hasta que seamos transformados completamente a la imagen de Jesús. En la venida del Señor, le veremos cara a cara y seremos semejantes a Él.

¿Qué hacemos mientras  tanto? ¿Nos cruzamos de brazos y nos conformamos con esperar este cambio? ¿Nos complacemos con los débiles deseos de cambio que solemos tener? Por supuesto que no. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro (1 Jn. 3.3.). El verdadero cristiano no se conforma sino que persigue, desde ahora, este maravilloso propósito de cambio.

Ahora bien, ¿cómo opera Dios el cambio? El apostol Pablo en 2ª Co. 3:12-18 nos dice que ese cambio se opera al comtemplar la gloria de Dios en Cristo. Y cuando lo hacemos, vamos siendo transformados por el Espíritu, de gloria en gloria, en la misma imagen del Señor.

Aún tengo otra  buena noticia que darte. Dios ha dejado a nuestra disposición unos medios para colocarnos en un lugar estratégico para contemplar Su gloria, y ser así, transformados por la operación de Su Espíritu en nosotros. A estos medios se le llaman disciplinas espirituales o medios de gracia. Estas disciplinas espirituales son halladas en la Biblia, se deben practicar tanto individualmente como colectivamente, son personales e interpersonales: la lectura, memorización y asimilación de la Palabra, la oración, la adoración, la evangelización, el servicio, la mayordomía, el ayuno, el silencio y el retiro, la comunión con los hermanos, la cena del Señor. Son actividades, no actitudes, que practicadas con la motivación adecuada, produce y cultiva un carácter piadoso. Son suficientes para conocer y experimentar a Dios y crecer a la imagen de Jesús. No están divorciadas del evangelio, sino todo lo contrario, nos lleva al evangelio, que sigue siendo poder de Dios para salvarnos (santificación). Son medios para crecer, no fines, cuyos beneficios vienen a nuestra vida cuando son practicadas con regularidad.

No debemos olvidar que la voluntad de Dios es nuestra santificación (1 Tes. 4:3),  pero también es voluntad de Dios que nos ejercitemos para la piedad (1ª Ti. 4:7). Dios nos da el deseo y el poder para practicar estas disciplinas espirituales, pero nosotros debemos llevarlas a cabo. Como dice Donald S. Whitney: Dios te da el deseo por leer Su Palabra, pero eres tú, eres quién tienes que pasar las páginas de la Biblia. Por tanto, dale a tu alma este año lo que realmente necesita, la gloria de Dios; persigue el cambio más ambicioso y más beneficioso, ser como Cristo. Proponte diariamente colocarte en un lugar estratégico -por medio de las disciplinas espirituales- para ver a Dios y  Su Espíritu te irá cambiando a la imagen de Jesús.


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